París recibió a Alexander Sterling con una llovizna fina que parecía querer lavar la suciedad que sentía en su propia piel. Al aterrizar, se dirigió directamente al hotel de Elena, con el corazón martilleando contra sus costillas y la confesión sobre Sofía quemándole la garganta. Sin embargo, al llegar a la recepción, la noticia de que ella se había marchado a un estudio en Montmartre le devolvió esa sensación de vacío que lo había perseguido desde que ella huyó de la mansión de las colinas.
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