CAPÍTULO 87.

La luz dorada del amanecer se colaba por las rendijas de la cabaña, acariciando los cuerpos entrelazados bajo las pieles. Afuera, el bosque aún respiraba en calma, como si la tierra misma respetara ese instante sagrado entre el alfa y su luna.

Kael dormía con un brazo rodeando a Lina, su respiración tranquila, su pecho cálido y fuerte contra la espalda de ella. Pero Lina no dormía. Llevaba minutos —tal vez horas— despierta, con una mano sobre su vientre y el corazón latiendo con fuerza. No quer
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