Lorena llegó unos minutos antes de las diez.
La pastelería estaba en una elegante esquina del centro, con grandes ventanales de cristal que exhibían bandejas perfectamente organizadas de dulces delicados. El olor a mantequilla, chocolate y café recién hecho escapaba por la puerta cada vez que alguien entraba o salía.
Por un instante, se permitió sentir esperanza.
Se arregló discretamente el cabello, respiró hondo y empujó la puerta.
El timbre sobre ella sonó suavemente.
La mujer que había visto