El coche de Rafael avanzaba como un proyectil por la carretera vacía, el motor rugiendo demasiado alto para la quietud de la madrugada, los faros fijos en el objetivo de delante como si todo el mundo se hubiera reducido a ese único punto.
No pensaba, no de verdad. Era puro impulso, pura obsesión.
—No huyes de mí… —murmuró, con voz baja, distorsionada por la furia—. No huyes.
El volante chirrió bajo la presión de sus manos, los dedos tan apretados que los nudillos estaban blancos. Delante, los c