El cielo estaba gris cuando Isabella volvió a la vieja mansión Fernández.
La fachada, impecable. El silencio, engañoso.
Pero por dentro… todo era distinto.
Había cenizas en su corazón, y fuego nuevo en su mirada.
Caminó sola por los pasillos hasta llegar a la biblioteca, ese rincón donde de niña se escondía para leer, soñar… y escapar.
El polvo cubría los estantes altos. Las cortinas estaban cerradas, como si el tiempo se hubiese detenido.
Isabella se arrodilló frente al mueble de roble m