El sol se había ocultado por completo, y la isla Fernández se transformaba en un espectáculo de luces cálidas y mágicas. La mansión, ya imponente durante el día, ahora brillaba con cientos de luces colgantes y faroles que iluminaban los caminos de pétalos. La brisa marina traía consigo un aroma a flores frescas y al océano, mientras los invitados, elegantemente vestidos, se dirigían al gran salón de recepción preparado con cada detalle pensado para celebrar el amor de Isabella y Sebastián.
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