La mañana siguiente amaneció luminosa en Ciudad Segovia. El hotel de lujo donde se hospedaban todos los invitados todavía respiraba el eco de la fiesta de la noche anterior: copas a medio vaciar, flores caídas sobre las mesas y un aire dulce a pastel recién cortado.
En el salón del desayuno, una larga mesa rebosaba de café, frutas frescas, panes calientes y jugos de colores. Isabella llegó de la mano de Sebastián, ambos aún con ese brillo en los ojos que solo la celebración compartida podía de