La mansión Fernández se alzaba majestuosa al caer la tarde, iluminada por el resplandor anaranjado del sol poniente. Después de semanas en Europa, de infiltraciones y revelaciones, Isabella volvió a pisar el suelo que había sido tanto refugio como prisión emocional en su vida. Pero esta vez, no lo hacía sola ni con miedo. Llegaba con Sebastián, con su equipo, y con la certeza de que el mundo había cambiado.
El portón de hierro se abrió lentamente. En el camino empedrado esperaba Armando Fernán