El auto de Sebastián se deslizaba por la carretera costera, envuelta en el tenue brillo del atardecer. El silencio reinaba en el interior. No por incomodidad, sino por la densidad emocional que ambos compartían. Isabella, con los ojos clavados en el horizonte, apenas hablaba. Llevaba consigo el peso de una despedida que, aunque necesaria, había removido las capas más ocultas de su pasado.
Sebastián mantenía una mano en el volante y la otra sobre la de ella, entrelazada con suavidad. Solo el su