La lluvia caía con lentitud sobre los cristales de la gran casa Fernández. Afuera, el eco de los truenos se alejaba como si la tormenta se marchara llevándose el caos, pero no la tensión. Dentro, el silencio era denso, cargado de pensamientos sin decir y miradas que hablaban más de lo que las palabras podían abarcar.
Isabella estaba sentada junto a la chimenea del ala este, pensativa. Estaba envuelta en una manta que Sebastián le había colocado con cuidado. El fuego crepitaba suavemente, proye