Me senté en mi escritorio con la cabeza entre las manos. La puerta seguía cerrada y Nadia se había ido. Los guardias de seguridad la acompañaron hasta la salida, dejando mi oficina en completo silencio.
Intenté concentrarme porque tenía trabajo que hacer. Los inversores me esperaban. Pero mi mente no dejaba de volver a su rostro, a las lágrimas en sus ojos y a la forma en que dijo: "Espero que valga la pena".
Negué con la cabeza, me levanté y me arreglé la corbata.
Mi asistente llamó a la