Mi asistente me da un golpecito en el hombro. Parpadeo. La habitación vuelve a cobrar sentido. Elena está sentada frente a mí, tranquila e impasible. Sacudo la cabeza e intento recomponerme.
—Buenos días, Elena —digo. Mi voz suena extraña, incluso para mí—. ¿Cómo estás?
No responde. Ni siquiera me mira como si fuera una persona. Abre la carpeta que tiene delante.
—Tengo la mayor parte de las acciones de tu empresa —dice—. La única manera de que no te hundas del todo es que trabajes conmigo.
La