Mariano había investigado bien que Rodrigo, el asistente de Alejandro, tenía un temperamento tan bueno que parecía un pan de Dios. Se podía conversar de cualquier cosa con él. Incluso si decías una o dos cosas incorrectas, él no se lo tomaría muy a pecho.
¿Cómo era posible que con solo una frase ya se hubiera molestado?
—El señor Montoya está a punto de llegar, Mariano, siga con sus asuntos. —La voz de él se había vuelto fría.
Mariano se quedó sin palabras. Entendía de la vida social y del mundo