—¡Cállate! —gritó Eduardo, con voz grave y autoritaria.
Diego se quedó mudo al instante, aunque el fuego de su rabia seguía ardiendo en los ojos.
El anciano no lo miró de nuevo. Puso toda su atención en Sofía.
—Habla —ordenó con calma, pero con esa firmeza que todavía imponía respeto.
Con los años, Eduardo se había vuelto más amable, pero cuando se molestaba, nadie se atrevía a llevarle la contraria.
El silencio que vino después parecía casi el de un funeral.
Esperanza estaba pálida como el pape