Diego ya estaba de mal humor porque Sofía se había ido y no podía ir detrás de ella. Ver a Alejandro con su madre lo puso peor.
De repente oyó a Esperanza, esa voz exigente de su infancia, llena de juicio. Bastó escucharla para que se despertara otra vez esa mezcla de dolor y rechazo que llevaba desde niño.
Respondió con voz seria, orgulloso de no perder la calma:
—Pregúntale a mi abuelo.
Con la cara tensa, pasó a su lado y entró en la casa.
Esperanza estaba acostumbrada a la indiferencia de su