Diego no parpadeó; su mirada era demasiado penetrante. Si no fuera porque le estaba pidiendo un beso, Sofía habría pensado que quería estrangularla.
El orgullo masculino es tan ridículo. Ese era el punto débil de él: bastaba con que lo rechazara para que él no lo aguantara. Por eso, cuando lo escuchó, ella se rio con desprecio y volteó la cara. Su muñeca seguía atada con el cinturón de Diego, sin posibilidad de liberarse; si no estuviera sujeta, ya le habría dado una cachetada.
Él observó cada u