La aparición repentina de Alejandro no sorprendió demasiado a Sofía.
Con él ahí, Diego no podía darse el lujo de perder el control. Si llegaban a pelear en un bar, en menos de media hora todo el círculo social lo sabría, incluido el abuelo.
De repetirse una pelea, sería como en el registro civil: un duelo en privado.
Aunque, a sus 28 años, ya no era necesario recurrir a los golpes. Como adultos, tenían mil maneras de herirse sin llegar a la violencia.
Tal como ella había previsto, Diego recuperó