Los dedos de Isabella estaban a punto de clavarse en el hombro de Sofía cuando se detuvieron en seco.
Después de quedarse paralizada durante uno o dos segundos, su mano pasó de garra a palma abierta, dándole algunas palmaditas suaves al hombro de Sofía.
Luego, Isabella sonrió y levantó las cejas, poniéndose en modo obediente. Su voz se volvió tierna.
—Cuñis, ¿por qué caminas tan rápido? Tienes polvo en el hombro, déjame sacudirlo.
Sofía la miró como si estuviera viendo a una verdadera idiota.
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