Mi marido ni siquiera me dio tiempo a decirle nada, ya que se puso encima de mí, rodeando sus caderas con mis piernas. mientras Gerard me besaba con ganas, y hambriento de mucho más, como si me necesitara cada vez más
—Buenos días a ti también, así que es un placer darte los buenos días—, le dije, cuando finalmente separó sus labios de los míos.
Gerard continuó con sus besos pero cambiándolos a mi cuello y luego a mis pechos. Gemí cuando mordisqueó mi pezón, para luego pasar la punta de su leng