Por Emma
Me llevó Mario hasta una clínica, me estaba acompañando Mirta, que iba sentada a mi lado y creo que estaba más asustada que yo.
Por lo poco que sé sobre el tema, supongo que la pastilla del día después hizo su trabajo, pero haciendo estragos en mi organismo.
Un sentimiento de culpa terrible, me embargó.
¿Había un bebé?
Estoy segura de que sí, pero ahora, cuando la tomé, jamás se me ocurrió pensar que estaba destruyendo mucho más que mi organismo.
Pensé que la pastilla impediría que se formara un embrión.
El dolor de mi alma era profundo.
Las palabras de Pupy se incrustaban en mi herida.
Él era un hombre sin sentimientos y tenía a esa mujer incrustada en su mente, en sus sentidos, porque a esta altura tampoco creía que la ame.
Pero a mí me sobra orgullo para ser la segunda en su vida.
Entiendo que todo se mueve por apariencia y yo aparento ser la mujer perfecta para estar a su lado.
¡Odio las apariencias y las mentiras!
Mientras pensaba todo eso, el dolor seguía acompañándome