Por Emma
Salí de su habitación y de su casa.
Dos cuadras después tomé un taxi.
Le di la dirección de Textil Norte, allí estaba mi auto.
-¡Lo odio!
Murmure en voz baja.
Una lágrima, más rebelde que yo, rodó por mi mejilla.
La limpié con bronca.
-¿Está bien, señorita?
Me preguntó el taxista.
No sabía que me estaba observando.
-Sí, solamente un jefe injusto.
-Lo lamento, aunque no entiendo quien puede ser injusto con una belleza como vos.
-Gracias.
Le dije con sequedad, mientras observaba si el se