¿Tenemos un hijo? Señor Wellington no deja escapar a su esposa Abandonada
¿Tenemos un hijo? Señor Wellington no deja escapar a su esposa Abandonada
Por: Santiago
Prólogo.

La lluvia golpea las ventanas de mi pequeño apartamento con una insistencia casi cruel. El sonido llena cada rincón vacío mientras yo permanezco sentada en el suelo de la cocina, con las piernas dobladas contra el pecho y las lágrimas corriendo por mi rostro.

No enciendo las luces. Prefiero estar en la oscuridad porque así parezco menos miserable, o eso es lo que quiero creer.

Mi cabeza no deja de pensar. El alquiler vence en tres días. Tengo facturas acumuladas sobre la mesa y una heladería casi vacía. Mi computadora parpadea frente a mí con la pantalla abierta en el correo electrónico del banco, recordándome el saldo ridículo de mi cuenta.

Cierro los ojos con fuerza.

Hace cuatro años jamás imaginé terminar así. Hace cuatro años atrás todavía era Dawn Wellington. Ahora soy solo Dawn Clark otra vez... aunque el apellido de soltera ya no se siente mío tampoco.

Exhalo despacio limpiando mi rostro. Mi estómago ruge de hambre, sin embargo la poca comida que queda en la heladera debe ser racionada y prefiero ignorar el sonido de mis tripas, aunque no puedo ignorar la ironía de la situación.

Hace tiempo jamás habría estado en este estado. Zack odiaría verme así, y el solo recuerdo de su nombre en mi mente duele de una forma impresionante.

Zack wellington.

Incluso pensar en su nombre todavía duele.

Y pensar que dicen que el tiempo lo cura todo, pero creo que quienes inventan esa mentira jamás amaron de verdad. El tiempo no cura, solo enseña a respirar alrededor de la herida.

Y yo sigo respirando alrededor de él.

Sintiendo el frío en los huesos me pongo de pie lentamente caminando hasta la ventana. La ciudad se ve borrosa detrás del agua que corre sobre el vidrio. Abajo, la gente sigue moviéndose, viviendo, avanzando.

Yo no.

Yo me quedo atrapada en recuerdos que deberían haber muerto hace años. Recuerdo la primera vez que lo veo.

Universidad de Stanford. Primer año. Biblioteca central.

Él entra tarde, despeinado, arrogante, hermoso. Lleva una chaqueta engra y esa sonrisa torcida que más tarde descubriría capaz de destruirme.

Todas las chicas lo miran. Él me mira a mí. Y sonríe.

Dios.

Todavía puedo sentir el vuelco en mi pecho.

Zack siempre tiene esa forma de hacerme sentir como si el resto del mundo desapareciera. Como si solo existiéramos él y yo.

Al principio somos amigos. Después inseparables. Después amantes. Y luego... todo.

Nos enamoramos jóvenes. Demasiado jóvenes, según todos. Pero nosotros no escchamos a nadie. Zack estudia economía, yo arquitectura, y sobrevivimos noches enteras sin dormir, exámenes imposibles y trabajaos miserables compartiendo ramen instantáneo en su departamento diminuto.

Éramos felices. Tan felices que ahora duele recordarlo.

Duele recordar que después de su primer gran contrato financiero, con el dinero comenzando a llegar, me llevó a un restaurante elegante que claramente no podíamos pagar. Esa misma noche me pidió matrimonio. Ni siquiera tiene un anillo, solo una promesa de querer pasar el resto de su vida conmigo. Y no dije que no, no podía.

Porque lo amaba, y creía en él. Creía que me amaba.

Apoyo la frente contra el vidrio frío de la ventana cerrando los ojos.

Todavía puedo verme entrando a la iglesía vestida de blanco mientras Zack me espera al final del altar. Tiene lágrimas en sus ojos.

Zack Wellington llorando por mí.

Pensé que eso significaba para siempre.

Qué estúpida fui. Ese fue nuestro úlitmo momento feliz, porque las cosas cambiaron muy rápido. Su carrera explotó. El dinero llegó. Viajes, entrevistas, portadas de revistas. Nuevos socios. Nuevas mujeres.

Intenté seguirle el ritmo, pero cada vez parecía más lejano. Empezó a llegar tarde a casa. Después dejó de llegar. Perfumes ajenos adornaban sus camisas, llamadas que cortaba en cuanto me veía, y silencios que pesan más que cualquier grito.

Hasta que finalmente sucede. Una amante.

Yo lo sabía. Dentro de mí sabía que el dinero lo había cambiado tanto que dejó de pensar solo en mí y dejó que otras mujeres entraran en su vida.

Ese mismo día mi mundo se rompió bajo mis pies, aunque no lloré. Solo lo miré. Me senté frente a él en nuestro penthouse. Era incapaz de sostenerme la mirada, así como de sostener la mente.

No lo negó en ningún momento, simplemente lo aceptó.

—No quiero seguir haciéndote daño.

Eso es todo lo que me dijo. Como si dejarme destrozada fuera un acto de amor.

Suelto una risa amarga al recordar aquello. Qué cobarde. Qué cruel. Y aún así... lo entiendo muy bien.

Zack nunca supo amar a medias. Él destruye todo lo que toca cuando siente que pierde el control. Incluyéndonos.

El divorcio salió en todas partes porque para ese entonces, él ya es famoso. Los titulares hablan del millonario infiel y de su esposa abandonanda. Hay fotógrafos siguiéndome durante semanas. Mi humillación se convierte en entretenimiento público.

Y Zack desaparece. Nunca pelea por mí. Nunca intenta detenerme. Firma los papeles y me deja ir.

Cuatro años más tarde sigo odiándolo por eso más que por la infidelidad. Porque una parte de mí necesitaba que luchara. Pero no lo hizo.

Yo tampoco luché por mí.

Después del divorcio mi vida no sale como esperé. Intenté levantar mi carrera, pero la ansiedad me consumió. Rechacé proyectos, perdí clientes, luego mi trabajo.

Mientras él sigue creciendo.

Incluso ahora veo su rostro en revistas, artículos financieros. “El prodigio Wellington”, “el empresario más influyente del año”, “el multimillonario más codiciado de Nueva York”.

Nunca aparece con la misma mujer mucho tiempo. Eso debería darme satisfacción, pero no, porque todavía recuerdo al hombre que dormía abrazándome como si tuviera miedo de perderme y siento celos.

Dios, odio eso.

Odio seguir enamorada de alguien que me rompió de esta manera.

La lluvia arrecia afuera y un trueno sacude el edificio sobresaltándome ligeramente. Regreso hacia la cocina donde encuentro mi móvil encendido sobre la encimera. El primer pensamiento que cruza mi mente es que podría llamarlo y decirle sobre mi situación. Sé que él entendería. Me ayudaría, pero entonces tendría que darle explicaciones que me niego a dar.

Mis manos tiemblan. Estoy a punto de tomar el móvl cuando un sonido detrás de mí me congela por completo. Una tos. Pequeña. Débil.

Volteo de inmediato hacia el sofá donde Noah duerme envuelto en una manta demasiado fina para el frío de esta noche. Su pequeño cuerpo vuelve a estremecerse con otra tos seca abandona sus labios.

El miedo me atraviesa tan rápido que casi duele.

—Noah...—susurro, acercándome rápidamente.

Me arrodillo junto a él, aparto su cabello oscuro pegado a su frente. Está ardiendo.

El pánico se instala de inmediato en mi pecho.

—Cariño... mírame.

Sus pestañas revolotean lentamente hasta abrirse y sus ojos verdes, tan idénticos a los de su padre, me observan adormilados.

—Mami... mi cuerpo me duele—susurra con la voz ronca.

Le acaricio la mejilla sintiendo cómo me tiembla la mano. No... no ahora... por favor... no cuando no tengo nada.

Busco el termómetro entre nuestras prendas en la única valija que cargamos. Regreso junto a él intentando controlar mi respiración. Los segundos pasan eternos hasta que el aparato finalmente pita.

39.5.

Siento que la sangre abandona mi rostro.

—Dios mío...

Noah vuelve a toser, más fuerte esta vez, y se encoge sobre sí mismo. Inmediatamente lo tomo entre mis brazos, apretándolo contra mi pecho mientras intento mantener la calma por él. Pero tengo miedo porque no tengo dinero. Porque apenas puedo comprar comida esta semana. Porque una consulta médica podría hundirme por completo.

Mi mente empieza a correr desesperada mientras camino de un lado al otro del apartamento con mi pequeño niño aferrado a mi cuello.

Las lágrimas comienzan a acumularse en mis ojos mientras él respira pesadamente contra mi hombro.

No puedo perder a mi hijo. No puedo.

Cierro los ojos y me obligo a pensar en una respuesta, hasta que finalmente recuerdo.

Casi de inmediato me muevo al cajón de la mesa de noche buscando el bendito sobre maltratado. Nunca la he abierto, pero sé lo que contiene. No la he usado, ni siquiera la toco, tampoco pude devolverla porque eso significaría cortar el último vínculo que tengo con él.

Con Zack.

Con las manos temblorosas abro la bendita carta viendo la tarjeta con mi nombre en ella. Dawn Wellington.

Todavía con su pellido. Todavía perteneciente a su cuenta.  

Trago saliva con dificultad. No tengo idea si va a funcionar, si servirá, si él no envió a cancelarla en el segundo en que me sacó de su vida, sin embargo sé que no tengo otra opción más que salvar la vida de mi hijo, por lo que con toda la fe del mundo, cubro a mi bebé en su manta, lo tomo en mis brazos, y salgo del edificio buscando un taxi que me lleve al hospital más cercano.

—Hospital St. Mary, por favor—digo apenas entro.

—Mami, tengo frío.

Mi niño tiembla en mis brazos, rompiendo mi corazón.

—Ya van a ayudarte, amor mío. Falta poquito.

Beso su frente una y otra vez durante el trayecto, rogando porque sea corto, intentando ignorar el miedo que me consume por dentro. Y también intentando ignorar la certeza absoluta de que Zack sabrá que usé la tarjeta.

Tengo un nudo en el estómago que me niego a darle importancia. Mi hijo va primero, y hoy necesito de ese dinero.

Para cuando llegamos al hospital, bajo con mi pequeño todavía en brazos, buscando con premura una enfermera.

—Mi hijo tiene mucha fiebre—digo rápidamente—. Necesita un doctor.

—Documentación y seguro—pide la recepcionista.

Se me seca la garganta.

No tengo seguro.

No tengo nada.

Solo esa tarjeta quemándome dentro del bolsillo.

—No tengo seguro actualmente, pero puedo pagar.

Ella asiente sin interés y me entrega unos formularios mientras yo le entrego la tarjeta. Tengo tanto miedo de que no funcione, miedo de tener que regresar con mi niño en brazos teniendo a doctores que podrían ayudarlo a tan solo metros de distancia, pero entonces la mujer tose, captando mi atención.

—El doctor la verá enseguida, señora Wellington, tome asiento por favor.

Funciona.

La tarjeta funciona.

El alivio que siento en el alma es momentáneo porque ahora sé que él lo sabe. Y por primera vez en cuatro años, va a volver a mi vida, estoy segura.

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