Mundo ficciónIniciar sesiónDAWN
No sé qué hacer.
No sé cómo respirar.
No sé cómo moverme.
Después de cuatro años, Zack Wellington está frente a mí otra vez y siento exactamente lo mismo que la primera vez que lo veo en la universidad. La única diferencia es que ahora también siento miedo. Uno insoportable porque Noah está entre nosotros.
Mi hijo duerme sobre mi pecho con la respiración pesada por la fiebre mientras yo permanezco inmóvil en aquella incómoda silla del hospital, incapaz de apartar la vista del hombre frente a mí.
Dios.
El maldito se ve igual.
Tal vez peor.
Más grande. Más serio. Más cansado.
Tiene el cabello oscuro desordenado como si hubiera salido corriendo de algún lugar, con gotas de lluvia que todavía resbalan por el cuello de su abrigo negro. Sus ojos verdes están completamente clavados en Noah.
En nuestro hijo.
Y el dolor que veo en su rostro me golpea de forma brutal. No... esto no puede estar pasando.
El primer pensamiento que tengo es levantarme y huir, desaparecer antes de que haga preguntas, antes de que descubra demasiado, pero mi cuerpo deja de responder.
Entonces mi hijo se mueve ligeramente entre mis brazos, abre los ojos un pooc y con sus pestañas largas y oscuras mira directamente a Zack.
—¿Es el doctor?—pregunta con voz débil.
Trago saliva.
—No, amor, no es el doctor.
Zack finalmente aparta la vista de él para mirarme y Dios mío... tiene lágrimas en sus ojos. Algo que pensé jamás volver a ver.
Zack Wellington llorando.
Y él no llora. Ni cuando me pide el divorcio, ni cuando firma, ni siquiera cuando nos vemos por última vez.
Pero ahora parece legítimamente destruido.
—¿Cuánto tiempo llevan esperando?—pregunta con voz ronca, como si le costara hablar.
—Más de una hora—respondo, apretando a mi hijo contra mi cuerpo.
Odio cómo me tiembla la voz. Odio que todavía tenga este efecto sobre mí.
Zack me mira rápidamente, luego al pasillo y finalmente sobre por su nariz cambiando su expresión por completo.
—Ponte de pie, Dawn.
Parpadeo confundida.
—¿Qué?
—Levántate.
Mi corazón empieza a latir más rápido.
Ese frío control y autoritario tono con el que creó un imperio del que no formé parte. Aquí está.
—Zack, déjanos aquí—susurro rápidamente—. Solo olvídate de nosotros, ¿sí?
La frase me destroza incluso antes de terminarla porque es una mentira a medias. Tengo miedo de que se quede, pero también de que se vaya sin siquiera importarle.
Estoy aterrada. Completamente.
—No quiero armar un escándalo en medio del hospital—dice con voz baja y peligra mientras sus ojos se endurecen—. Así que ponte de pie ahora mismo.
El antiguo Zack. El hombre acostumbrado a controlarlo todo.
Sé que debería estar molesta, sin embargo me siento más pequeña. Más vulnerable.
—Está enfermo—suplico temblorosa—. Necesita un doctor.
Veo algo romperse dentro de Zack apenas me escucha. Su mirada cae sobre Noah otra vez y nosotro cómo ligeramente deja de respirar. Como si todavía estuviera intentando aceptar lo que tiene frente a él.
—Y va a tener uno—responde de inmediato—. Pero primero vas a levantarte y vas a venir conmigo.
—No.
—Dawn.
Mi nombre en su boca destruye años enteros de distancia.
Me pongo de pie lentamente porque mis piernas tiemblan demasiado para reaccionar rápido. Noah se aferra débilmente a mi cuello mientras Zack nos observa como si tuviera miedo de acercarse demasiado. Como si no supiera si tiene derecho y honestamente, no lo tiene. Pero aún así aquí está.
Después de cuatro años.
Después de abandonarnos sin saber siquiera que existía un nosotros más grande que solo yo.
Mis ojos comienzan a arder. No quiero llorar frente a él. No otra vez.
Zack da un paso hacia adelante y yo hacia atrás de forma automática. El movimiento parece golpearlo físicamente. Puedo verlo. Puedo ver la culpa destrozándolo desde adentro.
—No voy a hacerte daño—dice más suavemente.
—No necesitabas venir.
Él me mira como si acabara de decir la estupidez más grande del mundo.
—Usaste mi tarjeta en pediatría a las tres de la madrugada, Dawn.
El dolor en su voz hace que quiera apartar la mirada.
—¿Qué se suponía que hiciera?
El silencio cae entre nosotros. Pesado. Brutal. Porque él entiende exactamente lo que está pasando.
No tenía dinero.
No tenía opciones.
Y odio que él lo sepa.
Zack aprieta la mandíbula con tanta fuerza que puedo verla marcarse bajo su piel. Después mira nuevamente a Noah y algo cambia en ese momento. Instintivo. Salvaje. Entonces extiende una mano hacia mí.
—Dámelo.
Retrocedo otro paso.
—No.
—Dawn.
—Está asustado.
—Y tiene fiebre alta desde hace horas—me corta—. Ya esperó demasiado.
Sus ojos vuelven a encontrarse con los míos y por primera vez desde que llegó noto algo mucho peor que sorpresa. Furia. Aunque no conmigo, sino con la situación.
—Ven conmigo—pide otra vez, aunque no parece una orden sino más bien una súplica disfrazada de control—. Por favor... déjame cargarlo.
Zack hace ademán de acercarse y aunque siento miedo no me opongo, pero Noah de inmediato se aferra a mi cuello con más fuerza que antes.
—No... quiero a mi mami.
El dolor atraviesa el rostro de Zack tan rápido que apenas logra ocultarlo, y aún así asiente lentamente.
—Está bien.
Por un instante nadie se mueve. El silencio entre nosotros es pesado porque al menos yo todavía estoy intentando comprender cómo pasamos de ser dos personas divorciadas que no hablan hace años... a esto.
A Zack apareciendo en mitad de la noche para llevarnos con él. Porque sé perfectamente cómo termina esta discusión si intento seguir negándome. Zack jamás pierde. Y hoy tiene algo mucho peor que antes. Desesperación.
Bajo la mirada unos segundos a mi hijo. Dispuesta a no hacerlo pasar por todo esto, suelto un suspiro acomodándolo en mi pecho.
—Está bien.
Los hombros de Zack se relajan un poco. Camina a mi lado mientras atravesamos el hospital en silencio. Algunas personas levantan la vista al reconocerlo, pero él ni siquiera parece notarlo.
Toda su atención permanece sobre Noah. Sobre nosotros.
La lluvia fría golpea mi rostro apenas salimos del edificio. Zack inmediatamente se quita el abrigo y lo coloca sibre Noah sin preguntar, logrando que el gesto apriete mi pecho de forma dolorosa porque durante años intenté convencerme de que Zack ya no es el hombre del que me enamoré, pero entonces hace cosas como estas que arruinan esa mentira.
—Este es mi coche—dice, abriendo la puerta del auto para mí.
Negro. Elegante. Ridículamente caro.
Todo en la vida de Zack sigue siendo exactamente como debería ser. Excepto nosotros.
Él espera que entre y aunque dudo, el que mi niño se estremezca con la lluvia es más que suficiente para entrar en el coche. Y entonces el silencio se vuelve insoportablemente íntimo en cuanto Zack entra del otro lado cerrando la puerta tras de sí mismo.
Ninguno de los dos habla. Solo escuchamos la tormenta afuera y los pequeños sonidos débiles de Noah.
—Tengo frío...—susurra, temblando ligeramente.
El corazón se me rompe otra vez.
—Ya pasó, bebé, ya estás calentito.
Pero sigue temblando. Zack estira la mano hacia el control del auto y aumenta la calefacción sin apartar la vista de Noah. Después toma una manta del asiento trasero- porque por supuesto alguien como Zack tiene mantas de cachemira en el coche- y me la acerca con nuestros dedos rozando apenas.
El contacto me quema.
Cuatro años.
Cuatro años sin tocarlo y aún así mi cuerpo lo reconoce inmediatamente.
Aparto la mano de inmediato con él notándolo porque tensa la mandíbula y vuelve la mirada hacia la ventana encendiendo el coche.
El silencio vuelve entonces. Pesado. Insoportable. Porque no sé qué decirle. No sé cómo explicarle nada de esto, ni siquiera sé cómo mirarlo sabiendo que acaba de descubrir que tiene un hijo.
Mi hijo.
Nuestro hijo.
Las lágrimas amenazan otra vez con salir y trago saliva rápidamente. No voy a llorar. No frente a él. No después de todo lo que pasó.
Entonces Noah vuelve a removerse ligeramente entre mis brazos, murmurando algo incomprensible antes de abrir apenas los ojos, mirando directamente a Zack esta vez. Y aunque está enfermo y agotado, sonríe un poquito.
Exactamente igual que él.
—Eres bonito—balbucea adormilado, logrando que la respiración de Zack se corte de inmediato. Puedo escucharlo y yo no puedo hacer más que sonrojarme.
Paso saliva observando al hombre junto a mí y lo que veo es a alguien completamente destruido. Sus ojos brillan peligramente mientras observa la pequeña mano de Noah todavía levantada hacia él. Como si no pueda creer que esto es real. Finalmente aparta la mirada apretando las manos contra el volante.
—¿Desde cuándo está enfermo?
—Comenzó esta tarde.
—¿Y esperaste hasta ahora para traerlo?
La culpa de golpea de lleno.
—Intenté bajar la fiebre en casa primero.
El silencio que sigue es terrible porque ambos sabemos lo que realmente significa. No tenía dinero y él cierra los ojos apenas un instante cuando lo comprende.
—Bien.







