Mundo ficciónIniciar sesiónZACK
No logro dormir desde hace semanas. Tal vez meses.
El reloj marca las dos y cuarenta y siete de la madrugada mientras observo las luces de Manhattan desde las ventanas de mi despacho. La ciudad nunca descansa y yo tampoco.
Documentos financieros cubren mi escritorio de nogal. Hay una copa de whisky intacta junto a mi computadora y tres llamadas perdidas de una mujer cuyo nombre apenas recuerdo.
Nada de eso importa. Nunca importa realmente.
Me aflojo la corbata con fastidio y vuelvo a revisar el contrato frente a mí, aunque llevo diez minutos leyendo la misma línea sin comprender una sola palabra.
Estoy cansado.
Vacío.
Condenado a vivir así.
El teléfono privado sobre mi escritorio vibra de repente. Con el ceño fruncido me acerco. Pocas personas tienen este número. Tomo el celular sin demasiado interés.
—¿Qué sucede?
—Señor Wellington—dice la voz de Miles, uno de los hombres de mi equipo de finanzas—. Disculpe la hora. Necesitamos confirmar primero si desea recibir información relacionada con su ex esposa.
Todo mi cuerpo se queda inmóvil.
Mi ex esposa.
Dawn.
El nombre golpea mi pecho tan fuerte que por un instante olvido cómo respirar.
Han pasado cuatro años desde la última vez que la vi, y aún así basta escuchar una referencia a ella para destruir por completo el control que llevo años construyendo.
Toso levemente intentando pasar la noticia.
—¿Qué dijiste?
Miles vacila levemente un segundo.
—Detectamos actividad en una de las cuentas vinculadas a su autorización personal. La tarjeta secundaria a nombre de Dawn Welington acaba de utilizarse.
La tarjeta.
Dawn usó la tarjeta.
Apoyo lentamente una mano sobre el escritorio mientras intento procesarlo, porque Dawn jamás tocó ese dinero. Nunca. Incluso durante el divorcio se negó a aceptar más de lo estrictamente legal. Rechazó propiedades, inversiones, acuerdos... todo por lo que cualquier otra persona habría peleado por obtener.
Ese orgullo suyo siempre me volvió loco. Y ahora usa la tarjeta.
Algo anda muy mal.
—¿Qué cargos hicieron?
Escucho las teclas sonar desde el otro lado de la línea.
—Cargos médicos, señor.
Frunzo el ceño una vez más.
—¿Médicos?
—Sí. Hospital St. Mary. Ala de urgencias pediátricas.
La sangre se me enfría. Pediatría.
La palabra explota dentro de mi cabeza.
Pediatría.
Frunzo el ceño con fuerza mientras una sensación extraña comienza a extenderse por mi pecho. No entiendo por qué mi corazón empieza a latir tan rápido.
—¿Están seguros de que fue ella?—pregunto, más que nada porque necesito escuchar esa confirmación.
Necesito saber que no es un error.
—Sí, señor. La identificación coincide completamente. Dawn Wellington realizó el pago de forma presencial hace aproximadamente diecisiete minutos.
Cierro los ojos, imaginándomela empapada por la lluvia porque siempre olvida llevar una sombrilla. Ansiosa. Asustada.
Dios.
La veo con demasiada claridad.
—¿Quiere que cancelemos los cargos?—pregunta Miles con cautela.
Abro los ojos de inmediato.
—No.
La respuesta sale tan rápida y brutal que incluso él guarda silencio.
Aprieto la mandíbula mirando la ciudad frente a mí. Cancelar esa tarjeta significaría dejarla sola en medio de una emergencia médica y aunuqe llevo cuatro años repitiéndome que la dejé ir por su bien, jamás podría hacerle algo así. Nunca.
—Quiero la dirección exacta del hospital.
—Se la envío ahora mismo, señor.
—Gracias.
Apenas un minuto después de colgar la llamada, mi móvil vibra con la ubicación del hospital St. Mary.
Mi pecho vuelve a tensarse al leerlo. Pediatría. ¿Por qué demonios Dawn está en pediatría? Mi mente intenta encontrar una explicación lógica. Algún sobrino. El hijo de una amiga. Cualquier cosa, pero la sensación insoportable de que algo me está escondiendo empieza a crecer dentro de mí.
Una intuición salvaje.
Peligrosa.
Aunque me digo luego que no puede ser posible. Dawn no me habría ocultado algo como eso.
¿Y si tuvo un hijo con alguien más? Son cuatro años, un ala pediátrica... los tiempos coinciden y ella era completamente capaz de rehacer su vida.
¿Y si quedó sola con ese bebé? Maldición, no puedo ni pensarlo.
Pero no sería capaz de ocultarme algo como eso. Aunque me odiara. ¿Cierto?
El silencio del despacho comienza a aplastarme. De pronto recuerdo la última vez que la vi, parada frente a mí, sosteniendo los papeles del divorcio con las manos temblando mientras intenta desesperadamente no llorar.
Y yo la dejé ir. Todavía me odio por eso.
Tomo las llaves del escritorio y camino hacia la salida sin siquiera pensar. Sé que necesito verla con mis propios ojos.
Subo al ascensor privado mientras mi pulso golpea violentamente contra mis costillas.
Pediatría.
La palabra sigue resonando en mi cabeza una y otra vez.
Cuando las puertas se abren en el estacionamiento subterráneo, camino directamente hacia mi coche, sintiendo miedo por primera vez en años.
Cuando salgo a la calle la lluvia golpea el parabrisas durante todo el trayecto. Apenas logro distinguir las calles frente a mí. O quizás el problema no es la tormenta. Quizás soy yo, porque mis pensamientos son un desastre ahora mismo.
Mis manos aprietan el volante con tanta fuerza que los nudillos me duelen mientras conduzco por la ciudad a una velocidad absurda.
Sigo pensando que es imposible, aunque una parte de mí se niega a dar por sentado que no es una posibilidad.
Cuatro años.
Pediatría.
Dawn usando una tarjeta que solo usaría en un momento de estar acorralada. Entonces, ¿qué demoios tuvo que pasar para que la usara?
Casi como un recuerdo incómodo mi mente me lleva a las miles de discusiones que tuvimos acerca de dinero. Que no quería obsequios caros, que quería pagar su parte de la renta, de los inmuebles, de los impuestos, incluso cuando yo ganaba lo suficiente para hacerlo con total tranquilidad.
“No necesito que me rescates, Zack”.
Dios.
Aprieto la mandíbula con fuerzas. Finalmente estaciono frente al Hospital St. Mary y salgo del auto sin importarme la lluvia que inmediatamente empapa mi abrigo.
Entro al edificio con el olor a antiséptico golpeándome de inmediato.
Urgencias sigue llena a estas horas. Enfermeras moviéndose de un lado a otro, teléfonos sonando, niños llorando a lo lejos.
Mi mirada recorre cada rincón esperando encontrarla, pero no la veo así que me muevo directo al mostrador donde una recepcionista me mira con cansancio.
—Buenas noches, ¿qué puedo hacer por usted?
Sé que si digo que quiero información no me la darán así que intento mantener la compostura aclarando mi garganta.
—Estoy... buscando a mi esposa—digo, sacando mi tarjeta—. Dawn Wellington. Me llamó, pero antes de poder decir la dirección su teléfono murió. ¿Está aquí?
Comienzo a pensar que va a llamar a seguridad porque la mentira no huele nada creíble, sin embargo ella teclea rápidamente clavando la mirada en mí a los pocos segundos.
—Dawn... sí, ingresó hace unas horas con su hijo, Noah Wellington de cuatro años—informa.
Mi corazón se paraliza.
Noah Wellington.
¿Tengo un hijo?
¿Soy padre?
—¿Señor?
La mirada de la recepcionista ahora sí es de alguien que está prestando atención y la verdad es lo que menos necesito ahora mismo.
—¿Dónde están?
—Lo lamento, solo podemos permitir el ingreso de un padre por menor, pero...
—¿Dónde están?—vuelvo a preguntar con una voz demasiado baja. La mujer frente a mí me observa unos segundos antes de carraspear apuntando con su dedo hacia el frente.
—Por ese pasillo a la derecha y luego a la izquierda. Están esperando su turno con el pediatra—susurra.
Ni siquiera puedo agradecerle. Cada paso que doy se siente irreal. Siento que tengo el corazón latiendo con fuerzas en mi garganta.
Noah Wellington.
Los sentimientos me atravieran una y otra vez mientras avanzo por el largo corredor hasta que doblo en la esquina. Entonces la veo.
Dawn está sentada sola al final del pasillo, completamente agotada, con el rostro pálido y el cabello desordenado cayendo sobre sus hombros.
Tiene una manta infantil entre las manos y se la ve tan rota que por un instante se me olvida cómo respirar, pero no es eso lo que me destruye por completo.
Es el pequeño dormido sobre su pecho. Cabello negro. Pequeñas manos aferradas al cuello de su madre. Y unos ojos verdes idénticos a los míos, abriéndose lentamente justo en el momento en que me detengo frente a ellos.







