03.

ZACK

El hospital privado donde suelen atender a mi familia y a mí, aparece frente a mí. Las ruedas del coche chillan sobre el asfalto mientras mi corazón tamborillea en mi pecho con una rapidez que me impresiona.

Volteo a ver a Dawn. Está agotada, se nota en sus ojos el dolor que carga que es aún más grande que el cansancio que denotan sus ojos, pero ahora no es lo importante sino el niño que carga en sus brazos.

—Ahora te abro—digo, saliendo por mi lado.

Rodeo el coche. La oscuridad de la noche es lo único que nos abraza y al parecer somos las únicas personas que salen a estas horas.

Abro la puerta de Dawn. El niño está rendido en sus brazos, ella luce temerosa de mí, quizás, o de la situación, pero al menos es lo suficientemente valiente como para salir del coche sin hacer ningna clase de berrinche.

—Pediré una camilla. Lo atenderán rápido—le digo, acompañando su paso.

—De acuerdo.

Es todo lo que dice.

Apenas entramos por la sala de urgencias, pido una camilla a gritos. Dos enfermeras se acercan con una, toman al niño de brazos de su madre y aunque llora, ella le dice con voz calmada que van a atenderlo pronto y que el dolor pasará. Él quiere a su mamá, llora por ella, y las enfermeras le preguntan a Dawn desde cuándo está así.

—Necesita un doctor con urgencia. Vayan por uno—gruño molesto, sabiendo que las preguntas tiene que hacerla alguien que pueda dar un diagnóstico, no ellas.

—Sí, señor Wellington. Ahora mismo le llamo, pero necesitamos acomodarlos primero.

Dawn camina al lado de la camilla sin soltar la mano de Noah. El niño luce asustado y enfermo, pero la verdad es que es al menos más valiente que su madre quien no deja de llorar.

Nos trasladan hacia una habitación privada en urgencias. Acomodan al niño en la cama, luego proceden a tomar sus parámetros y tomar su temperatura ante mi exigente mirada.

Me quedo a un costado. A su lado está su madre quien le dice que es un niño valiente por no llorar y que pronto irán a casa, cuando la realidad es que no se irán a ningún lado mientras yo pueda evitarlo.

No después de lo que descubrí. No después de saber que ese niño es completamente mío.

—Buenas noches—ambos giramos la cabeza hacia un hombre de bata blanca quien se acerca a estrechar mi mano—. Soy el doctor Boston. Veré a su hijo. ¿Puede explicarme qué pasó?

Respiro profundo apuntando a Dawn.

—Ella puede decirle, doctor.

Dawn baja la mirada viendo a Noah.

—Comenzó con temperatura por la tarde. Intenté bajarla en casa, le di un baño con agua tibia y lo cuidé, pero nada funcionó. Su temperatura siguió subiendo y ahora... está ardiendo.

El doctor se aproxima a Noah, revisando su respiración.

—¿Tuvo algún síntoma previo?

Ella sacude la cabeza.

—No... no lo sé.

Frunzo el ceño.

—¿Cómo que no sabes?—pregunto, logrando que me mire—. Está contigo, ¿cierto?

—Sí, está conmigo, pero trabajo doble turno todos los días y su niñera está con él la mayor parte del día.

Ambos nos miramos fijamente y es el doctor el que corta la tensión entre nosotros.

—Al no tener un registro de síntomas previos vamos a realizar todo tipo de estudios para ver de dónde proviene la fiebre. Mientras tanto vamos a colocar antibióticos para combatirla y una intravenosa para mantenerlo hidratado porque a simple vista ver su deshidratación y desnutrición.

Aprieto la mandíbula con fuerzas. Dawn solo baja la mirada, avergonzada quizás, sin embargo ninguno de los dos dice absolutamente nada en lo que las enfermeras rodean al niño para comenzar a colocar el tratamiento adecuado para él.

Durante varios minutos lo rodean, le colocan la intravenosa, le sacan sangre, y antes de que puedan terminar, quizás por la medicación, Noah cae rendido en la cama.

—Vamos a hacer todo lo posible para que su hijo se sienta mejor—dice el doctor antes de abandonar el cuarto, seguido de las enfermeras, quedando solos por primera vez desde que nos encontramos hace una hora atrás.

Y el silencio es ensordecedor.

Dawn está sentada junto a la cama de Noah, sosteniendo su mano, fingiendo que no existo cuando habla.

—Gracias por traernos. Ahora puedes irte si quieres.

Sus palabras son un golpe a mi orgullo y a mi dignidad.

—¿Irme?

Ella apenas gira la cabeza.

—Sí. Ya hiciste suficiente por nosotros.

Sacudo la cabeza. Escucharla hablar así, como si fuésemos dos desconocidos, como si la hubiera ayudado por ser una buena persona solamente.

—No voy a ir a ningún lado, Dawn—digo con firmeza, ganando una mirada de su parte—. Me voy a quedar y me vas a explicar qué m****a significa esto.

—¿Qué otra cosa podría significar? ¿Qué podría explicar?

Mi sangre hierve. Estoy tan molesto que podría decir cosas que no quiero ni siento, pero el hecho de que juegue a hacerse la tonta me tiene histérico.

—¿De verdad lo dices? ¿Es en serio?

Ella suelta un suspiro, ahora sí mirándome fijo. Veo el dolor en sus ojos, el cansancio que reflejan y la pena con la que se para frente a mí.

—¿Qué podría cambiar si lo digo en voz alta? ¿Acaso vas a hacerte responsable? No quiero eso. Ni por un segundo pienses que quiero que te quedes por obligación o porque sientas que me debes alguna cosa cuando ya hiciste suficiente logrando que atendieran a mi hijo. Te agradezco eso.

—Nuestro hijo—digo con firmeza—, porque es mío, ¿cierto?

La miro expectante, analizando la forma en que me sostiene la mirada hasta que la desvía. Todavía recuerdo a la antigua Dawn que no podía mentirme. Y sigue siendo igual.

No puede mentirme.

—Dawn, es mi hijo, ¿cierto?—insisto.

—No... no cambiaría nada si te dijera que sí, ¿cierto?

Furioso respiro profundo porque lo que menos quiero es terminar discutiendo, pero es que no ayuda para nada.

—Es mi hijo. No puedes mentirme.

Ella sacude la cabeza.

—Sí. Lo es. Noah es tu hijo—responde rendida—. ¿Contento?

Trago grueso. Mi cabeza da vueltas, mi corazón da un repiqueteo y mis pulsaciones se aceleran hasta el punto en que siento que debo dar unos cuantos pasos como si aquello fuera a hacer que mi sangre fluya más rápido hacia mi cerebro para que comprenda con mayor rapidez que de un momento a otro, soy padre.

Miro a Noah. Es imposible no creer que es mi hijo porque se parece tanto a mí que es una copia idéntica. Los mismos ojos, el cabello negro... mi rostro. Con una mezcla de Dawn.

Es hermoso. Y mío.

—¿Por qué nunca me dijiste que teníamos un hijo, Dawn? —pregunto en voz baja.

—¿Cómo podría? Firmaste los papeles del divorcio y me sacaste de tu vida inmediatamente.

—Pudiste buscarme.

Ella frunce el ceño al verme.

—¿Buscarte llorando para decirte que estaba embarazada un mes después de divorciarnos? Por favor, me pediste el divorcio porque no querías tener responsabilidades. ¿Cómo podría hacer eso?

Inhalo profundo, intentando no perder la cabeza.

—Debiste hacerlo. Debiste buscarme, decirme que descubriste que estabas embarazada y...

—¿Y obligarte a quedarte conmigo solo por él? ¿Obligarte a ser infeliz conmigo y seguir aguantando tus infidelidades?—responde tajante.

—Sea como sea debiste hacerlo. Debiste buscarme y no tomar decisiones que no te correspondían.

Ella niega con su cabeza.

—Tomé una decisión basada en lo que querías en ese momento. Me echaste, Zack. Me echaste de tu vida de la noche a la mañana, me rechazaste, ¿de verdad crees que podía pasar por ese rechazo dos veces?—su voz denota el dolor que siente y la comprendo. Siempre supe que nuestro divorcio le dolió demasiado y me puse mal por ella, pero saber que nos divorciamos con ella embarazada me hace sentir como un imbécil todavía más grande que antes.

—Dawn...

—Decidí seguir adelante con mi embarazo sola. Enfrenté todo por mi cuenta y sí, no me fue bien. Cometí errores, crié a mi hijo a medias, pero al menos lo amé desde el momento en que supe que venía en camino y no tienes ningún derecho a cuestionarme al respecto.

Inhalo profundo levantando el mentón.

—Puede ser, pero cometiste un error al dejarme a un lado. Supusiste que no querría saber nada al respecto, pero te tengo noticias, Dawn—doy un paso adelante—, no pienso desaparecer.

—¿A qué te refieres?

—Es mi hijo, y no tengo intenciones de fingir que no existe. Para tu mala suerte, me haré responsable, estaré en su vida y si no me lo permites, te llevaré a la corte.

Abre la boca sorprendida.

—No te atreverías.

Sonrío de lado.

—Cariño, se ve que no me conoces en absoluto. Adelante, prohibe mi acercamiento y verás de primera mano cómo te lo arrebato.

La expresión de dolor en su rostro no es nada comparado con el dolor que siento yo al saber que no me quiere en su vida, pero mantengo mi palabra. Quiera o no, veré a mi hijo.

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