Ángel pestañeó despacio, y miró a su hermano como si a Darío de repente le hubieran crecido todas las cabezas de la hidra.
—Tú me estás jodiendo ¿verdad? —le soltó. ¿Qué era aquello de que besara a Sammy?
—Pues no, no te estoy jodiendo —replicó Darío, nervioso—. Tú vas… y te subes las mangas así,