—¡Ganasteeeeeeeee! —gritó Darío levantándolo y sacudiéndolo y Ángel puso los ojos en blanco con expresión de fastidio.
—¡Maldición! ¡Ahora tendré que ir a la condenada recaudación! —rezongó.
Lo que estaba muy lejos de imaginar era que ese sitio al que no quería ir, con esa gente que no quería ver,