Había pasado una semana desde que ese veneno llegó a sus manos, y como todos los días lo observaba con detenimiento tratando de buscar una salida durante las mañanas cuando se quedaba sola en la habitación. Pensar en su padre le revolvía el estómago; era una sensación con la que despertaba y con la que se iba a dormir. Angélica no paraba de seguirla y repetirle que tenían que hacer algo pronto.
Saber que la única solución era ese líquido ámbar... pero jamás podría envenenar a Rafael. Después de