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CAPÍTULO IX — El eco de las promesas rotas

Blake Stewart 

Cerré la puerta de la habitación del hotel y me apoyé contra la madera fría, dejando que mis pulmones reclamaran el aire que Logan me había robado. Tenía las piernas hechas gelatina y un temblor en las manos que no lograba controlar. Hacía diez años que no sentía esa descarga eléctrica, esa sensación de que el mundo se reduce al espacio que separa mi cuerpo del suyo.

—Maldita sea, Logan —susurré al vacío de la habitación.

Era humillante. Estaba a un mes de casarme con un hombre estable, protector y maravilloso, y sin embargo, un solo roce de Logan Christian me había devuelto a la adolescencia, a esa vulnerabilidad aterradora donde él era el dueño de mis sentidos.

Caminé hacia la maleta con movimientos mecánicos, necesitando ocupar mis manos para no pensar en el calor de su abrazo. Fui sacando la ropa, colgando vestidos que me parecían de otra persona, hasta que mis dedos rozaron el sobre azul.

Me quedé paralizada. Lo saqué y lo sostuve entre mis manos, sintiendo su peso como si fuera plomo. Rose me lo había entregado con una advertencia en los ojos, y Logan me había pedido tiempo para explicarlo. ¿Qué podía ser tan devastador como para que todos intentaran retrasar el momento en que yo leyera estos papeles? El sobre vibraba con una energía peligrosa, como dinamita a punto de estallar. Por un segundo, estuve a punto de rasgar el sello, pero el miedo fue más fuerte. No estaba lista. Si lo que había allí dentro confirmaba que mi vida entera era una mentira, no sabía si tendría fuerzas para salir de esta habitación.

Lo guardé en el cajón de la mesita de noche, enterrándolo bajo una biblia y un folleto turístico, como si el mueble pudiera contener la verdad.

Me refugié en la ducha, dejando que el agua hirviendo lavara el rastro de su perfume de mi piel, pero el sándalo y la lluvia parecían haberse filtrado por mis poros. Me puse la pijama más vieja que encontré, encendí el televisor para acallar mis pensamientos y me ovillé bajo las mantas. El cansancio del viaje y el agotamiento emocional finalmente me vencieron, arrastrándome a un sueño que no pedí, pero que mi subconsciente necesitaba reclamar.

Diez años atrás...

El verano de Chicago pesaba sobre nosotros, pero no nos importaba. El aire olía a asfalto caliente y a libertad. Logan me llevaba de la mano hacia "nuestro lugar", una mansión abandonada a las afueras que el tiempo y el olvido habían reclamado. Para el resto del mundo, era una ruina de madera podrida y cristales rotos; para nosotros, era el único sitio donde los apellidos y las clases sociales no existían.

—Cierra los ojos, Blake —me pidió él con esa voz grave que siempre me hacía estremecer.

Cuando los abrí, mi corazón se detuvo. Logan había pasado horas allí. Había limpiado el polvo del salón principal, donde los restos de una chimenea de mármol aún se mantenían en pie. Había cubierto el suelo con edredones viejos pero limpios, y cientos de flores silvestres —margaritas y lavanda— llenaban el espacio de un aroma dulce y salvaje. Había velas encendidas en los rincones, creando un santuario de luz dorada en medio de la penumbra.

—No tenía dinero para una cena elegante —dijo, rascándose la nuca con esa timidez que me volvía loca—, pero tengo esto.

Sacó su guitarra vieja de la funda. Se sentó en los edredones y me hizo una seña para que me acercara. Me senté frente a él, fascinada. Sus dedos largos y expertos empezaron a rasguear una melodía que nunca había escuchado. Era una canción suave, cargada de una melancolía hermosa, que hablaba de una chica que era el sol en su invierno particular.

—La escribí para ti —susurró al terminar la última nota.

No hubo necesidad de palabras. Me acerqué y lo besé, un beso que empezó con ternura y escaló rápidamente a una necesidad desesperada. Logan dejó la guitarra a un lado y me tomó el rostro con una delicadeza que me hizo llorar.

—Eres lo más sagrado que tengo, Blake —me dijo al oído mientras sus manos temblaban al desabotonar mi blusa—. No quiero que esto sea solo una vez. Quiero que seas tú para siempre.

Aquella noche, en el mismo suelo que Chase había restaurado años después para intentar comprar mi felicidad, yo me entregué a Logan. No hubo dudas, ni miedo. Solo el roce de la piel contra la piel, el sonido de nuestras respiraciones compasadas y la promesa muda de que nada podría separarnos. Fuimos uno bajo el techo de una casa que fue testigo de cómo dos jóvenes se juraban una eternidad que el destino les arrebataría apenas unas semanas después.

En aquel momento, rodeada de flores silvestres y del calor de su cuerpo, creí que el amor era suficiente para vencer al mundo.

Me desperté de golpe en la habitación del hotel, con el rostro húmedo por las lágrimas y el corazón latiendo desbocado contra mis costillas. La película en la televisión había terminado y solo quedaba el ruido blanco de la pantalla.

Me senté en la cama, abrazando mis rodillas. El recuerdo de esa noche en la mansión se sentía más real que las paredes de este hotel de lujo. Ahora entendía por qué me había sentido morir cuando Chase me dio las llaves de esa casa. Él me estaba regalando un mausoleo de mis propios recuerdos, sin saber que cada rincón de esa madera restaurada gritaba el nombre de Logan Christian.

Miré el cajón de la mesita de noche. El sobre azul seguía allí, esperando.

—Mañana —me prometí a mí misma, aunque sabía que era una mentira—. Mañana buscaré la verdad.

Pero en el fondo de mi alma, sabía que la verdad ya me había encontrado en aquel abrazo fuera del hotel. Y que el juego de Logan acababa de empezar.

Mily Moniz

¡Hola! Gracias por darle una oportunidad a mi novela. Espero que sientas cada página tanto como yo al escribirla. ¡Cuéntame qué te va pareciendo!

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