De repente, el enojo, la ansiedad y el miedo desaparecen para dejar un extraño vacío en mi interior, dejándome completamente en blanco. Pero eso solo dura unos cuantos segundos, después, una oleada de emociones me golpea con tanta fuerza que no tengo idea de a qué aferrarme o cómo procesar todo esto; es como si una enorme ola me golpeara directamente en el rostro. Me percato de que tengo la boca abierta, así que la cierro.
Zar me observa atento, en completo estado de alerta, como si esperara que en cualquier momento me desmayara y terminara tendido en el suelo. Me aclaro la garganta y trato de mantenerme firme, pero la noticia me está derritiendo los sesos.
Alejandra, embarazada.
—¿Estás bromeando…? —Zar no tiene fama de ser comediante, pero en este momento me siento desubicado. Él niega con la cabeza.
—Esto no es algo para bromear… serás padre. Aunque no sé si felicitarte; no te miras nada feliz.
Mierda. Claro que estoy feliz, maldita sea. Con Alejandra lo quiero todo, pero recuerdo