"Quédate sentado en la cama. No te muevas, no te levantes ni te acerques", había dicho Alana.
Damián se quedó donde estaba, apenas respirando. Alana quitó los candados y bajó los peldaños, con la pistola en una mano y una bandeja con comida en la otra. La dejó en el gabinete de un costado, sin atreverse a ir más allá. Damián se veía mucho mejor y eso la inquietaba. Lo prefería inconsciente, inofensivo.
—¿Cómo estás? —le preguntó él.
—No te muevas hasta que vuelva a cerrar la puerta. ¿Entendi