Bajo la tibia llovizna de la ducha, Alana estuvo segura de que alguna parte del cerebro se le había apagado. Tal vez la del sentido común, la de la conciencia o la de la supervivencia. Todo había empezado a ir más lentamente a su alrededor, casi tanto como cuando la medicaban porque andaba hablando de hombres lobos.
¿Acaso Damián la había drogado? ¿Tenía su amor un efecto analgésico? ¿Dónde había quedado el estrés que la mantenía alerta y lista para apretar el gatillo? Ni siquiera recordaba dón