XXXI Ni dioses ni amuletos

—No te sentí llegar anoche. ¿Llegaste muy tarde? —preguntó Ximena.

Estaban desayunando.

—No sé qué hora era.

—Pues debió ser muy tarde, tienes unas ojeras espantosas.

Alana apenas y había dormido, pensando, intentando entender lo que había ocurrido y convencerse de que no estaba soñando. Las pesadillas y los lobos la habían seguido al mundo de la vigilia y la acechaban cuando estaba despierta.

—Me preocupas, amiga. Me preocupa tu salud mental —agregó Ximena.

¡Salud mental! Era increíble para
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