—Supongo que sí. —respondió Zem, sin mirar al niño, todavía las lagunas mentales que tenía lo hacían estar confundido. —No todo tiene una explicación lógica.
—¿Cómo te llamas? —preguntó él, sin dejar de dibujar.
—No lo sé. Es lo que trato de descubrir. —dijo el pálido, mirando hacia la pared blanca, tratando de imaginar lo que pasó en el tiempo que no recordaba. —Perdí mi nombre.
—¿Cómo? No lo entiendo. —soltó el niño, farfullando, luego soltó una risa. —Es extraño perder un nombre.
—¿Me ayudar