Los dos bebés estaban allí, en la canasta. No lloraban, estaban allí, con la vista fija en el techo, solo moviéndose y jugando, dando suaves patadas. No parecían ver el lugar horrible en el que estaban. La cabaña era vieja, maltratada, parecía estar en medio de las sombras. Era una imagen colmada de tizne, como si allí no existiera la luz.
—Debe irse, debe ocuparse de sus asuntos. —la voz de una mujer se difuminaba.
—No podemos hacer eso. Querida, es un tiempo inexacto. Pronto las cosas envejec