Samuel estaba sentado en un pequeño cuarto, con su mirada clavada en la puerta. Al oír el chirrido de las bisagras, se puso de pie de un salto y observó cómo su padre entraba lentamente, esquivando el encuentro de sus ojos.
—Papá, ¿ya podré salir? —preguntó Samuel con ansiedad y esperanza.
—No, hijo —la voz de Sergio se quebraba al hablar—. La verdad es que no tenemos dinero para pagar la fianza —cada palabra parecía cargar con un peso mayor que la anterior.
Sergio suspiró con resignación.
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