Capítulo 102. Un susurro jadeante.
—¿Aquí?, ¡estás borracho! —ella golpeó su hombro, pero aun así, él no la soltó.
—Sí, hagámoslo aquí —insistió, acomodando su cara en el hueco de su cuello, besando la piel del mismo con pasión.
—Tu madre podría salir y vernos —alegó Lizbeth jadeante, pareciéndole excitante dejarse llevar por esas manos que subían por sus muslos y esos labios calientes que besaban sus clavículas.
Empezó a balancear las caderas sin música, dejándole percibir la dureza de sus pezones erectos. Sebastián siempre la