—¿Quién dijo eso? ¡Es culpa de ese sinvergüenza que me hace perder el apetito todos los días! —exclamó mirando furiosamente a Carlos.
—Abuelo, ¿es necesario que me hables así? —respondió Carlos con una sonrisa amarga.
En ese momento, la puerta se abrió nuevamente. Esta vez era Leticia quien entraba.
Se dirigió directamente hacia Mariano:
—Abuelo, he venido a verte.
Mariano la miró fríamente sin responderle.
—¿Cómo te atreves a venir? Después de lo que le hiciste a Silvia, ¿tienes cara para prese