Mariano la miró fríamente y respondió con tono áspero:
—Yo no enseño a jugar ajedrez a nadie. Ni siquiera me gusta tanto jugar. Solo espero que Sisi tenga tiempo para venir a acompañar a este viejo en un par de partidas.
La mirada de Fátima cambió. Ya no podía mantener su compostura elegante ante tanto desprecio. No entendía qué tipo de hechizo había lanzado Silvia sobre Mariano para que la marginara de esa manera.
Con este pensamiento, por primera vez habló con rudeza:
—Abuelo, la señorita Somo