Noche lluviosa.
El hospital nocturno estaba sumido en una penumbra inquietante, solo interrumpida por la luz tenue de las lámparas de lectura en las habitaciones. Ezra, con su corazón en un nudo, avanzó por los pasillos silenciosos. El olor a desinfectante y la quietud le recordaban a las noches en las que había estado cuidando a su madre, cuando se enfermó.
Finalmente, llegó a la sala de guardia. Allí estaba Rebeca, su cabello castaño recogido en un moño desordenado, los ojos cansados pero llenos de determina