Eres mía.
Andrew la dejó en el piso, ignorando sus insultos y vanos intentos por zafarse de él, todavía sin soltarla.
—Cálmate, Val, no te dejaré hasta que no estés tranquila.
—Tú no tienes derecho a reclamarme nada y menos después de lo que acabo de presencias. Eres un sínico —dijo ella llena de desprecio, hoy más que nunca atizada por el alcohol.
—Depende de ti, pero no te soltaré hasta que te calmes, y créeme que no me importará estar así hasta que raye el alba.
Ante ese pensamiento y segura de que