Clara notó muy pronto que Mía había desaparecido. Intentó llamarla, le escribió, nada. Ordenó preparar el coche para ir al Grupo López a exigirle respuestas a Dylan.
No alcanzó a sentarse cuando el chofer le cubrió la boca con un pañuelo. Negro.
Cuando despertó, estaba atada de manos y pies al borde de un barranco desolado. Un paso más y la tragaba el vacío.
—Luis, ¿qué estás haciendo? —se le heló la cara.
El hombre la miró sin pestañear.
—Lo que usted y la señorita Mía hicieron, el señor López