Apenas se detuvo, Daisy se bajó tambaleándose. Buscó las llaves por todos lados, pero no las encontraba, lo cual la enfureció aún más. Empezó a golpear la puerta.
—¡Fernando, abre la puerta!
—¿No oíste? ¡Apúrate y abre!
Estuvo un buen rato llamando, pero la puerta no se abrió. Con las manos en la cintura, Daisy murmuró:
—¿Crees que por no abrirme no voy a entrar?
Retrocedió unos pasos, tomó impulso y, con un salto ágil, pasó por encima del portón.
Al caer al otro lado, se sacudió las manos con o