Las lágrimas se deslizaban por sus mejillas hasta llegar a los dedos de Álvaro.
Poco a poco, su razón comenzó a regresar mientras sentía el rastro húmedo de sus lágrimas; su corazón, sin embargo, se desgarraba de nuevo en mil pedazos mientras detenía el beso, ahora suavizando la intensidad.
En la oscuridad, se quedó observando los ojos de Gabriela.
—¿Por qué tiemblas? ¿Por qué lloras? —preguntó con voz dolida—. Si fuera Cristóbal, ¿sí te reirías y lo disfrutarías, verdad?
Esa noche, Álvaro sentí