—Lo sé… —asintió Laura con una calma impresionante—. Te pedí que salieras para que pudieras respirar. Te estabas conteniendo tanto que casi no tomabas aire.
Juan dirigió la mirada hacia ella y, de pronto, soltó una risa amarga.
—Laura, aunque el mundo se nos viniera encima, ¿seguirías con ese tono tan sereno?
Laura se quedó pasmada un segundo.
—Me lo dices como si fuera un monstruo.
En realidad, solo se mostraba tranquila y dueña de sus emociones.
—Nada de monstruo… es admirable. ¡Voy a aprender