Gabriela terminó de poner el dentífrico en el cepillo y, sin apartar la vista, contestó:
—Voy al mercado de abastos. Señor Saavedra, tan amante de la pulcritud, mejor que no te rebajes acompañándome. Conoces tu manía de quejarte por cualquier cosa y, al final, tendríamos que regresar antes de que siquiera dé dos pasos.
—¿De verdad me ves así? —Álvaro fingió sentirse profundamente herido.
—Peor, —le cortó Gabriela sin piedad.
—Entonces verás que hoy haré un gran esfuerzo por no disgustarte, —repl