—Podríamos pedirle al servicio que prepare una nueva porción de desayuno. No es como si aquí faltara comida, —refunfuñó Carmen, frunciendo el ceño.
—Si el abuelo come lo que dejas, yo también puedo comer lo que mi esposa deja. ¿O no? —repuso Álvaro con absoluta tranquilidad.
No deseaba provocar a los ancianos, pero, de haber podido, habría agregado que lo que tocaba Gabriela siempre le parecía más sabroso.
—Tú… —Carmen tuvo que tragar las ganas de protestar.
—¿Y lo del bebé se queda así? —interv