Álvaro entró en la habitación de Noelia sin mayor ceremonia.
Ella estaba recostada con un pijama hospitalario suelto, y en sus muñecas se veían vendas manchadas con rastros de sangre. Con el rostro pálido, miraba con melancolía hacia la ventana. Su aspecto era tan frágil que casi parecía volverse transparente, como si un mínimo soplo de viento pudiera desvanecerla.
Álvaro tocó la puerta con los nudillos.
—No tengo hambre, no quiero comer, —murmuró ella, sin fuerzas.
—Deja de fingir, —respondió é