A Álvaro, enfundado en ropa de diseñador, le costaba acomodar sus largas piernas y brazos; al final, se sentó con gesto de incomodidad.
En cambio, Gabriela se mostraba a gusto, relajada.
Pidió la comida con soltura.
—¿Vienes seguido? —preguntó Álvaro al verla tan acostumbrada.
—Así es. —Gabriela se recargó con naturalidad en el respaldo de la silla—. Esa pose de «no como nada que no sea gourmet» cuando estaba contigo era pura farsa. En realidad, adoro estos lugares populares.
El tono de Gabriela