Gabriela seguía sin acostumbrarse al nuevo estado de Álvaro, frunció el ceño y colgó la llamada.
Afuera ya casi anochecía, el cielo lucía gris y sombrío.
Dejó de contemplar la pintura y se dispuso a marcharse.
Sin embargo, al girar, se estrelló de frente contra alguien.
—Lo siento…
Se cubrió la frente con la mano y se disculpó de inmediato.
—¿Te parece hermosa? —preguntó el desconocido con una voz grave, aunque cargada de una melancolía casi palpable.
Gabriela levantó la vista y se encontró con